Mensaje de Pascua 2015

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 Buenos Aires, 25 de marzo de 2015

Los cristianos nos aprestamos a celebrar la Pascua, la memoria de la pasión, crucifixión, muerte y Resurrección de Jesús, el Cristo. Coincidentemente se celebran las festividades del Pesaj judío. Son tiempos para revalorizar el mensaje de esperanza y gozo, el sentido de la salvación. Son tiempos cuando es bueno revisar nuestros pensamientos y acciones para acercarnos a la voluntad del Dios que nos hace hermanos y hermanas, que ama a todos y todas por igual, que procura nuestra paz y plenitud.

Este año esta celebración nos encuentra en un tiempo preparatorio de elecciones nacionales. Nos alegramos de ello, porque significa que nuestro país sigue afirmado en el camino democrático. Es, a la vez, el tiempo cuando se exponen disidencias, pensamientos divergentes, diversos proyectos, entre los cuales el pueblo deberá optar. Por eso pedimos que quienes asumen el desafío de presentarse como candidatos sean claros en su expresión, explícitos en sus propuestas, coherentes en sus dichos y acciones. Hemos escuchado demasiadas predicciones de catástrofes que nunca ocurrieron; ello sólo agrega una atmósfera de ansiedad que no es buena ni saludable para la vida de un pueblo.

Hace al bienestar del pueblo y a la paz que buscamos que se honre la honestidad y la verdad en todo tiempo, y la gestión de gobierno y la actividad política, así como la difusión mediática, no están exentas del mismo mandato ético. Necesitamos más ideas constructivas que acusaciones, atención a los más postergados y débiles que discusiones retóricas, confrontar el delito de los grandes y poderosos tanto como de los rateros cotidianos, y crear entre nosotros un ambiente de respeto más que de agresión, provenga de donde provenga y sea quien sea quien lo formule. Los poderes, sean del gobierno o la sociedad política, o de la sociedad civil y sus corporaciones, deben ejercerse con mesura y en servicio al conjunto de la población.

Comprobamos que también en nuestras comunidades de fe se toman diferentes opciones. Ello es justo y lógico y parte de la libertad del Evangelio, y es responsabilidad de los pastores y dirigentes respetar esa pluralidad dentro del pueblo de Dios.

Los evangélicos somos llamados a anunciar un tiempo nuevo, de justicia y paz, de perdón y reencuentro, y vivirlo en nuestras relaciones dentro y fuera de la Iglesia. Evitemos hacernos eco del odio y denostación que circulan en diferentes ámbitos y medios, y procuremos mostrar que se puede disentir sin resentimientos, discutir sin insultar, proponer sin invalidar a otros, buscar justicia sin pedir venganza. Las discrepancias no deben dar lugar al quebrantamiento de la comunión fraterna. Las palabras injuriosas, la descalificación artera del otro, el prejuicio y menos aún el odio forman parte del mensaje del Evangelio que celebramos en estos días. El Evangelio que predicamos no infunde temor ni es amenaza, sino confianza en el amor salvador de Dios.

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Por eso, una vez más, comprometemos nuestras oraciones y nuestra participación en todo aquello que nos construya como pueblo, que nos afirme en lazos de justicia y paz entre nosotros y con los otros pueblos de la tierra. Los problemas y conflictos de los pueblos deben ser resueltos por los propios pueblos por los caminos democráticos. Por eso nos dolemos ante las amenazas de guerra y escaladas armamentistas que se ciernen sobre nuestro continente a partir de la actitud beligerante que adoptan ciertas potencias. Las intervenciones foráneas no traen justicia ni paz, agravan los conflictos. Por ello exhortamos también a orar por la paz confiando en que se evite abrir un nuevo foco bélico en nuestro continente.

La fe cristiana no reclama otro privilegio que el que le da el propio evangelio: el ser testigos de la Cruz de Cristo y de su amor salvador hacia toda la humanidad sin distingos, el de anunciar la esperanza que se abre con su Resurrección, y ser portadores de la presencia del Espíritu de Dios que anima toda la creación. Ese es el sentido de la Pascua, y esperamosque así podamos celebrarla.

Por la Junta Directiva de la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas,

                 Presi y Secretario FAIE 2013