Historia

Entrando en el terreno en que usted desea que entremos, me presento. Tengo un nombre oficial que me confiere una identificación especial en esos ámbitos donde se mueven otras agrupaciones de iglesias, compañeras de ruta, como por ejemplo la Confraternidad Evangélica Pentecostal. Soy la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE). Poseo, además, personería jurídica propia. Esto me da cierta importancia y trascendencia. No le podría mencionar la cantidad de veces que pude intervenir, gracias a esa personería, e intervenir en defensa de alguna iglesia que no gozaba de este privilegio de tener una personería jurídica propia.

Repito mi nombre: soy una Federación de Iglesias. Para mí, como Federación, todas las iglesias son iguales. Es cierto, algunas son más grandes que otras, y las más grandes tienen derecho a enviar más delegados a la Asamblea anual, pero para mí todas son iguales, ninguna tiene “coronita”. La presencia de una iglesia que aglutina a muchas iglesias locales en todo el país es para mí tan importante como la presencia de una iglesia que es solo una congregación en cualquier lugar de la República.

Insisto:
soy evangélica y argentina. Esa es mi escarapela y mi constitución, mi honor y mi privilegio, mi gracia y mi gozo. Acá en la Argentina, mi patria, soy la Federación de Iglesias Evangélicas. Agrupo a muchas y todas repiten al unísono precisamente eso: somos evangélicas. Agrupo a muchas y todas se adelantan a decir: argentinas. Aquí existimos, aquí confesamos, aquí damos testimonio, aquí Dios nos bendice, aquí damos gloria a Dios.

¿Qué hago? Me reúno dos veces al mes como Mesa Directiva y como Junta Directiva. A menudo tenemos opiniones encontradas, a veces sale a relucir una tradición de siglos, otras veces ni siquiera logramos un consenso. Es evidente que provenimos de ámbitos diferentes. Debo actuar con prudencia, con discernimiento, con temor y temblor. Oigo tantas voces que suelo confundirme: la voz Pentecostal, la del Ejército de Salvación, la Luterana, la Valdense, la Metodista, la de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, la Menonita, la Reformada… la voz de la experiencia y, por encima de todas, la voz del Espíritu.

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